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(1914-1975)
Troilo nació en Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida, es decir, en
pleno barrio del Abasto pero se crió en Palermo.
Su padre murió cuando "Pichuco"
tenía 8 años y su vocación por el "fueye" despertó cuando todavía cursaba la
escuela primaria.
Fue un tío llamado Juan Amendolaro quien le impartió las
primeras nociones de ejecución de bandoneón.
Y ya en 1926, con apenas 12
años, estaba tocando en un festival benéfico del Petit Colón, un cine de su
barrio.
Nunca más se bajó de las tablas.
Fue al tango, como instrumentista, lo que Carlos Gardel a su
interpretación cantada.
Ejecutante de bandoneón, justamente el instrumento símbolo del género, su
apodo familiar de "Pichuco" trascendió a la sociedad
y coexistió
armoniosamente con el artístico de "El Bandoneón Mayor de Buenos Aires",
según lo bautizara el poeta lunfardo Julián Centeya.
Varios factores
contribuyeron a hacer de Troilo un mito viviente:
su manera de tocar "hacía
hablar" al bandoneón en los fraseos,
del mismo modo que la trompeta de Louis Armstrong "enseñaba" a cantar jazz a sus contemporáneos.
Pero además, Troilo fue un melodista inigualable,
cuyo talento para la
composición quedó registrado en temas como los que escribió para letras de
Homero Manzi
("Barrio de tango", "Sur", "Discepolín", "Che Bandoneón"), o
de Cátulo Castillo ("María", "La última curda") o en su "Responso",
a la
muerte, justamente, de Homero Manzi, en 1951.
Fue autor de 60 tangos.
Todos inolvidables. Sus músicos decían que llevaba al tango en la piel.
Tocaba como bailaban
los bailarines de antes, resbalando sobre el piso encerado.
Eso no se lo enseñó nadie,
porque eso no se aprende sino que se trae en el alma.
Es necesaria una
sensibilidad muy especial y Troilo la tenía, por eso fue lo que fue.
Sus sucesivas formaciones
orquestales no sólo incorporaron a cantores insignes
-Alberto Marino,
Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Elba Berón, Nelly Vázquez-
sino a instrumentistas
prestigiosos, auténticos paradigmas del género:
los pianistas Orlando
Goñi, José Basso, Carlos Figari y Osvaldo Berlingieri;
los bandoneonistas Astor
Piazzolla, Ernesto Baffa y Raúl Garello; los violinistas Hugo Baralis,
Salvador Farace y Juan Alzina;
el cellista José Bragato...
Como siempre sucede,
los artistas que logran aquerenciarse en el espíritu ciudadano son humildes
de alma,
desdeñan los oropeles del
éxito y disfrutan el regocijo que sólo proporcionan "esas pequeñas cosas".
Remolón, parsimonioso, "fiaca"
confeso, Troilo se volvía frenético cuando lo asaltaba la inspiración o
cuando sus kilos de más y
la jaula sobre sus rodillas conjugaban un solo cuerpo de pasión tanguera.
La gente le tenía cariño,
siempre lo reconoció; y él siempre decía:
"Los que caminan al bardo,
como yo, siempre quieren a los que les hacen bien".
Al bardo, para él, era
caminar sin ton ni son.
Los que lo conocieron muy
de cerca afirman que un hijo podría haberle cambiado la vida.
Pero, no lo tuvo,
siempre se jactó de su amor por la noche.
Un día, entró a una
Iglesia y discutió con el párroco que pretendió darle un sermón.
"El recién tenía treinta
años y me quería enseñar a vivir a mí, justo a mí, que me pasé la vida en la
calle, a los golpes con la vida,
con la gente y conmigo
mismo, porque yo siempre fui mi peor enemigo.
Pichuco fue el peor
enemigo de Aníbal Troilo".
Solía cerrar los ojos
cuando tocaba y nunca supo explicar porqué.
Si lo apuraban, decía que
era porque, posiblemente, se sentía dentro de sí mismo.
Era así, parecía que se
dormía sobre el fueye.
Los aplausos lo
despertaban. Entonces, comprendía que todo había sido en vano, que nunca
había estado solo.
Víctima de un derrame
cerebral y de sucesivos paros cardíacos, Pichuco murió el 19 de mayo de 1975
en el Hospital Italiano,
pero aún hoy su recuerdo
promueve un reverencial sentimiento de porteñidad
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